DEL QUECHUA ÑAÑA

Si sigues llorando así, me voy, ¿oíste? Vamos a calmarnos y a empezar de nuevo. ¿Por qué no pensamos en algo lindo? En el mar, por ejemplo. Ya tu papá me dijo que lo conociste y que te había gustado, así que vamos a imaginarnos allá, tirados en la arena, calentándonos. Solos tú y yo, nadie más. Yo con mi piña colada y tú con tus dulces, tus paquetes y tu helado… Con todo lo rico, probado e imaginado. Tooodo lo tienes, y, si algo te falta, no es sino llamar al muchacho.

Escucha, niño, escucha: oye las olas, la brisa, los pájaros. Relájate, y pica papa y pica chito que esto es por tiempo limitado. Aprovecha, que ya mañana regresamos. Por tu madre no te preocupes: yo hablo con ella, yo te defiendo; sin secretos: «Señora. Fuera cuestión diaria, castíguelo, pero una vez al año… Mire a mis muchachos: yo a ellos los crié con lo que iba teniendo, y el bocadito de dulce era el mayor de los premios. ¿Que el caramelo mata y envenena? ¡Sin duda! Pero también, de a granito, despierta y contenta. Se lo digo yo que soy abuela. Tranquila, señora, que el niño está a salvo». ¿Qué piensas…? Hasta ganas le darán de conocer a mis morracos. Tengo que presentártelos, lo que pasa es que viven lejos, pero cualquier tarde de estas tú y yo nos vamos a visitarlos.

No, no, no. No te levantes que ya habíamos avanzado. No, niño, ni el papa ni la mama están. Ellos salieron a dar un paseo, pero ahora vuelven. Cierra los ojos y, cuando los abras, estarán de regreso. Además, tú y yo estábamos en la playa. Todo te lo di y tú todo lo tiraste, así son. Uno tiene que ser agradecido en la vida, ¿oíste? Con la gente y con Dios Padre, ¡con Dios Padre que tú no conoces! Ya me dijeron, ya me advirtieron, y a mí de verdad me da mucho pesar con el incrédulo: ¿en quién o en qué se refugia esa gente cuando el mal ataca y entrampa? ¿En el sicólogo, en el entrenador, en la gimnasia? ¿Qué les espera a esas familias? ¿Qué harán cuando se les acabe la plata? Ya me los imagino pidiendo un crédito al banco: de rodillas suplicando un jurgo de billete para pagar las suscripciones y mantener el estatus… Un estatus que se han ganado, ¡además!, perdiendo la vergüenza y lamiendo zapato.

Así que dime: ¿eso quieres para ti? No. No, señor. Conmigo vas a rezar y al cielo te vas a ir. Ni la bendición te sabrás echar. A ver: en el nombre del… No tienes idea de lo que hago, ¿verdad? Yo a tu edad rezaba a diario y ya el rosario me lo había memorizado. Juntaba mis manitos —así, mira, así— y le agradecía a Dios por todo lo que tenía: mi familia, la escuela, la comida, el techo, la vida… Es que tú ni bautizado debes estar, pero eso lo vamos a remediar. Que tus padres se molesten, da igual: habré salvado tu alma y cuando llegue El Día del Juicio, Dios estará de mi lado. Voy a hablar con el padre Álvaro, y en cualquier momento, te llevo conmigo; vamos a atravesar Bogotá. Sí, niño, la verdadera fantasía. Nada de carritos, ni parques, ni pelotas. ¡El mundo real…! Vieras tú lo que me pasa a diario: cuatro horas de aventuras, de citas con desconocidos que cantan, bailan, venden, cuatro horas de carreras y peligros. De todo tiene esta ciudad, acá todo se ve. Tooodo. Todo, todo, todo. Sí, eso: ve cerrando los ojos y déjate llevar por los angelitos…

¿Teta? ¿Cuál teta, niño? Si tú ya estás muy grande para andar chupando teta. Y yo a duras penas tengo teta, toda se la llevaron mis muchachos y el pellejo que me queda es del señor Pescado. ¡Ay, Dios Santo…! Si tu madre me escuchara ya estaría presa. Que me perdone Dios por soltar tanta sandez frente a un pelado. Aparte en esta casa toca andarse con cautela, cada cuarto está chuzado. Todo lo vigila tu padre: el sentir y la idea, la prisa y el descanso. Más atento está él de cualquier ruina que el mismísimo diablo. ¡Jesús me ampare…! Por fortuna, ahorita mismo, no hay de qué preocuparse: en este momento debe estar entregado a los placeres de la carne. ¡Jay, niño! ¿Pero qué más crees que están haciendo? La noticia del hermanito puede llegar en cualquier momento, y no hay absolutamente nada de malo en ello. Para eso se han casado: para construir un hogar íntegro y bello. ¡Y eso también hay que agradecerlo! ¿Oíste? ¡La presencia, la presencia! De tu santa madre, sagrada e incomparable, pero también la de tu padre… Porque en este país sobran los hombres desaparecidos: los que han tirado a los ríos y los que se han perdido.

Así nomás fue con mi marido, el padre de los niños. Un día estaba, al otro no. Nunca más volvimos a verlo. ¡Y cuánto no lo maldije! Porque yo pensaba que se había ido con alguna peladita del pueblo, que había sido tan desvergonzado que ni siquiera había querido despedirse de su mujer y sus hijos. Orlando no era ningún santo: siempre fue buscón y gato; y no me quedó de otra: me metí en el cuento, me lo creí. Por días me hice a la idea de que se había ido con lo puesto y de que no volvería, o lo que era peor: de que cualquier tarde cruzaría la puerta borracho, sin un peso y con el rabo entre las piernas. Porque una cosa es sepultar a alguien y otra, muy distinta, verlo resucitado. Esos días de todo me inventaba, y cuanta cosa no le decía al vecino, al amigo, a los niños; una mentira tras otra. Me estaba enloqueciendo y Orlando se me apareció entre sueños: Búscame, Nora, búscame, me repetía enterrado en el barro, tratando de agarrar una piedra. Y ahí fue que caí en cuenta: ¿y si no se fue con nadie, si se lo llevaron, si me lo mataron? Diez años después supimos que el ejército lo había capturado y vida de guerrillo le había achacado. Así fue, muchacho, así fue… Y a todas estas, ¿cómo llegamos acá? Ah, sí.

Agradece, ¿oíste? Agradece. Agradece todo lo que tienes en la vida: tu familia, tu casa y el plato de comida. La comida, niño, porque no todos los muchachos pueden vivir así de bien, ni comer así de bien. ¡Si tú vieras lo que yo he visto…! Familias enteras repartiéndose un pocillo de arroz; hombres que se llenan la tripa a punta de pan y agua después de trabajar doce horas de sol a sol; niños que se duermen del hambre en el salón de clases; mujeres encarceladas por robarse una bolsa de leche. Si tú vieras eso no volverías a jugar con la comida y toda toditíca te la meterías a la barriga. Hay que aprender a comer lo que te pongan en el plato, como hay que aprender a dormir donde te pongan el abrigo. No siempre podrás descansar sobre madera fina, y a veces un chinchorro y su toldillo traen consigo la justa paz que cualquiera necesita. La tranquilidad no está en las cosas, niño: no la trae lo que llevas ni lo que consigas, la tranquilidad la llevas contigo, aquí mismo, en este bolsillo.

Yo he conocido hombres con todo el dinero del mundo —con toda la plata, el oro y las esmeraldas del planeta—, hombres que son tratados como reinas y servidos como monarcas, hombres que se mueven en campo y ciudad sin orden, Dios ni ley, hombres que parecen satisfechos con sus fortunas, pero no son más que niños cautivos en sus palacios: a todo le temen, y todo les asusta, ¡todo! Hasta sus cobijas les asustan. No son capaces de estar solos, ni de acostarse consigo mismos. ¡No pueden! Corren de sus pensamientos y lloran con la sola idea de morirse. Y como no quieren morir, se tragan un tarro de pastillas para vivir: estas para despertar, estas para dormir; unas para el hambre, otras para el frío; las de acá para la ansiedad, las de más allá para el pesar. Y todo lo tienen, niño, nada les falta: en sus despensas hay comida, y en sus armarios vestidos, y en sus parqueaderos carros, y en sus cuentas números muy muy largos. Todo lo tienen y no pueden dormir. No pueden hacerlo por la lista de atropellos cometidos: por todo aquello que han tenido que emprender para llegar donde están y poseer lo que tienen. A esos hombres ni las caricias ni los abrazos pueden aplacarlos. Nada les horma: todo es muy grande o muy chico, todo muy alto o muy bajo; siempre con hambre o repletos, mas nunca satisfechos.

Así es…, y a ti, ¿qué te falta? Nada, ¿verdad? Llevas una vida como la de esos hombres, pero tú, a diferencia de ellos, tienes la conciencia limpia, tu conciencia es tan limpia y fresca como tu piel. ¿Cuál puede ser la mayor de tus preocupaciones? ¿Que te abunde el cariño: que se incrementen los besos, los abrazos, las caricias? Todo lo tienes y nada te falta: tú duermes cuanto quieres, comes cuanto quieres, juegas cuanto quieres. Tú única responsabilidad es respirar, de resto eres asistido. Derechos todos. Deberes, ninguno: tú desordenas y tiras, derramas y dañas, aprietas y lanzas. Por nada respondes y el mundo entero te sirve, el mundo que se reduce o se agranda a tu medida. Y quién no te sonríe, quién no te halaga, quién no te carga. Todo lo tuyo es pulcro y bello; el piso no lo tocas y el sol no te llega. Tu coche es una vitrina y tus padres son los sirvientes que te cuidan de la mano caprichosa del turista. Nada te falta, tú todo lo tienes, ahora suelta la cabeza y duérmete, duérmete, duérmete.

¿De qué te ríes, muchacho? ¿De no dormir? ¿No te da pena conmigo? ¿No te da vergüenza tenerme acá contándote una historia tras otra sin respiro ni descanso? Quiero dormir, ¿no lo ves? Estoy cansada: ni el día ni la vida han sido fáciles, y tú no duermes, no me ayudas, no das tregua. No se te da la gana de dormirte, y, ¿cuánto tiempo ha pasado? Mira las horas. No, suelta. ¿Cuál mío? Este reloj es mío. Como mío debería ser este tiempo muerto, este supuesto tiempo muerto, este rato que debería haber usado para hablar con mi Pescado, con mis hijos, y no con un niño malcriado. En todos estos años de oficio jamás había tenido un paciente tan exigente, un cliente tan demandante. ¿No te has adormilado? Si mi voz es ronca y dulce, niño, y mi acento ha arrullado despechos y engaños. No sé qué más mostrarte, no sé de quién más hablarte: a tu almohada he traído las historias más hermosas y entrañables, y tú no has querido soltar el cuerpo, tú no has querido apagar la mente. ¿Por qué no dejas los ojos cerrados? Dime, responde: ¿por qué los abres cada vez con más fuerza?

Pronto llegará tu madre y ¿qué le diré? ¿Que te portaste bien? ¿Que has sido tierno y dócil? ¿Que te dormiste a la hora estipulada y que, justo ahora, al escuchar sus voces, te ha dado por levantarte? ¡Dios mío, niño! Es que ya me veo cargándote con una falsa sonrisa en el rostro, ya me veo entregándote a tu madre mientras le doy las gracias y le digo que me llame cuando quiera, cuando me necesite. Y ella, creyendo mis palabras, me preguntará una y otra vez, muerta de la emoción, si realmente te has dormido conmigo, mirando a tu padre, repetirá la pregunta: ¿En serio se ha dormido con usted, señora Nora? Y yo tendré que seguir la farsa que he montado y asentir y pasarte la mano por la cara, como si te lo merecieras, y volver a hacerlo cuando ella me agarres de la mano y me pregunte: ¿La esperamos mañana?