SOPLOS

Cuando tiro del ovillo del vallenato el hilo se extiende y se prolonga hasta la infancia. No tengo idea de cuál es el primer recuerdo, y ahora mismo poco me interesa el principio y el fin. Traigo la música para enrollarla, apretarla con las manos y exprimirla con fuerza. El vallenato —el mío, el que yo he cantado, claro— casi siempre lo grité con tristeza; casi siempre cerré los ojos y vi a mi padre, vi a mi madre, vi las risas de algunas mujeres, vi a mis hermanos; casi siempre, también, me levanté del asiento, agarré el trago, el cigarro, cerré el puño libre, lo agité una vez y me lo llevé al pecho. Hoy, ayer, estos últimos meses he escuchado las mismas canciones que por años cubrí con penas, y he tratado, viendo a mi hijo, de despejarlas y de limpiarlas con amoniaco. Claro está que muchas de ellas ya traen su dolor inherente, y quien las cante bien puede sumergirse en él o solo considerarlo: leerlo y repasarlo con la atención correspondiente o con el desinterés con el que se oye un nuevo y estúpido discurso del presidente.

Desde el otoño pienso de más en Valledupar, o quizá no en Valledupar, pues no la conozco; pienso en su idea, en una fecha, en la imagen del Festival Vallenato, y en la escena paradisíaca de poder escuchar noches enteras acordeones, cajas y guacharacas. ¿Me hartaría en algún momento? No lo sé. Solo una vez viví una experiencia similar y fui feliz. Hace once años. Tratando de desaparecer de Bogotá, de acallar una llamada de auxilio, una nueva angustia, de respirar nuevos aires y de recargar el espíritu —para terminar el documental que tantos años nos había tomado realizar—, había decidido recorrer por quince días y con un presupuesto apretadísimo la costa Caribe de Riohacha a Santa Marta. Desde luego, acá no hay lugar para el desglose; sin embargo, sí puedo decir que a pie, en moto y en bus conocí, viví y logré llegar al terminal de buses un día antes de regresar a la capital. Cansado y satisfecho me acerqué a la playa, busqué donde pasar la noche, dejé mi maleta, me comí un pescado frito y a las dos y media de la tarde me tumbé en un estanco a tomarme una cerveza. Ahí estaba con las piernas picadas y la piel quemada cuando el dueño se hizo a un lado y me preguntó de dónde venía. Le eché el cuento y nos quedamos hablando. En algún silencio de la conversación, el hombre se confesó: si se había acercado, había sido por mera curiosidad, porque no podía creer que un gringo como yo estuviera cantando canciones de Diomedes, de Orozco, de los Zuleta. Me reí con vergüenza y enseguida le hablé de mi fascinación: le dije al hombre que mi padre, mientras pudo, me sentó en sus piernas y me cantó todas las que se sabía. Entonces el tipo sacó media de ron de la nevera, le subió dos puntos al equipo, destapó la botella y brindamos. Una hora y otra; llegó un amigo suyo y el amigo, después de un rato, llamó a Mariana. Mariana: casi una prima segunda, más amiga que pariente.

Mariana se hace a mi lado y hablamos. Nació en un pueblo, en otro departamento: Piñalito, Córdoba. Huyó asqueada de la sangre y del olor a muerto de su padre asesinado por los paramilitares. Se fue cuando era una niña, dice Mariana, o dice peladita, o hace años, o ya ni me acuerdo de su cara, o ya ni me acuerdo de su voz; pero Mariana tiene diecinueve años: sigue siendo una niña, así aparente ser una mujer adulta. «Soy puta —me dice—, y vivo lo más bien: tengo para comer y dormir». Alguno sirve una nueva ronda de ron. El familiar de Mariana se despide, el dueño se ocupa en otra mesa y Mariana me habla de una traición, de una cuenta por saldar, pero ya no recuerdo con quién ni cuál es el motivo, en el cuaderno no está esa información. Solo hallo los apuntes antes escritos y una frase hermosa que lanzó —y que luego terminé usando en Rezos—: «El que me la hace miando, me la paga cagando». Es de madrugada, nos hemos tomado botella y media y una docena de cervezas. El dueño avisa que ya es hora de cerrar. Yo saco unos billetes doblados del bolsillo y el hombre, viéndolos, me dice que le tire veinte pesos; le digo que le debo mucho más, el tipo me dice que con veinte está bien. Le pregunto a Mariana si quiere que la acompañe y ella se ríe, más bien ella va conmigo hasta la pensión. Mariana me deja en la puerta y me desea suerte en la película, que ojalá pueda verla, que más vale que sea buena, que no se me olvide tampoco algún día escribir sobre ella.

Escucho y me gusta el vallenato por mi padre. El son y la puya han abierto y cerrado puertas.

Cuando él vivía con nosotros se emparrandaba con los vecinos, y entrada la noche le dábamos una inusual ternura: nos veía poco a poco quedarnos dormidos en el sofá y algo nos cantaba, y quizá se acercaba cuando los ojos se cerraban y nos abrigaba con su chaqueta de cuero, con el mapa del mundo sublimado, con el pequeño avión de tirador. En esos encuentros él se apaciguaba, no solo por el trago, también —estoy seguro— por la música, por el vallenato que insistía en reproducir pasando por alto las preferencias de sus invitados. Era otro, un antónimo de su persona cotidiana, del abogado que llevaba traje todos los días hábiles: un hombre festivo, desenfadado, cariñoso, próximo. Un hombre que soltaba —tomado— tequieros, besos y abrazos. Algunas imágenes conservo, pero ya no como una secuencia continua de fotogramas, sino como fotografías aisladas: en una tiene los brazos en el aire; en la otra algo señala; en esta sonríe; en la de más allá, sentado en el campero, mira a la cámara. Ahí está él en cualquiera de sus carros, y es él y cómo suenan los motores, y cómo suena el equipo de sonido, y cómo suenan los bajos, y cómo los amplificadores, y cómo la pantalla muestra los nombres de los artistas, y cómo el aparato está asegurado para que no puedan robárselo. En la camioneta o en el carro volvían a sonar las mismas canciones que se escuchaban en la noche y algo de energía le daban para el camino —como a cualquier persona—, y algunos fragmentos nos íbamos aprendiendo junto a mis hermanos de tanto escucharlas.

Pero mi padre cantaba como hemos cantado nosotros: mal, gritando los versos, escupiendo el dolor, el reproche, agotando el aire, descuidando el tono, ignorando la melodía y la cadencia. Por eso me gusta tanto espiar las voces que cantan suavecito el vallenato: las de las mujeres y los hombres que entonan versos entrecortados completándolos con silbidos mientras ejecutan labor alguna; la del tendero que piensa en quién sabe qué y quién sabe cuánto y de su boca se desprenden estrofas enteras sin reflexión ni voluntad; la de los conductores que atraviesan el país auxiliados por la música, quien espera su contestación, su voz, el parte de tranquilidad: «La carretera no me ha dormido, aquí sigo»; las de los viejos que tararean estribillos y resaltan apenas las palabras que disfrutan.

Pero no solo me gusta por él, también me gusta a mí.

Con el tiempo, yo mismo fui descubriendo nuevas canciones y nuevos artistas —guiado, por supuesto, por lo aprendido—, y he pensado, viendo a mi hijo, que eso a veces es la paternidad: sembrar y esperar a que el cultivo crezca, si ese es el deseo de la Providencia, si ese es el deseo del niño. A mi hijo solemos ponerle música de numerosos géneros, y, cuando cena, dibujamos en un cuaderno el rostro que los representa. Hace unos días fue el turno del vallenato, y ahí me quedé pegado: pasando de una canción a otra, queriendo mostrárselas todas, queriendo cantárselas todas. Entonces él aprendió la palabra y yo lo acompañé con el pequeño parlante hasta el baño, y su madre lo aseó, y yo lo perseguí hasta el cuarto, y luego hasta su cama en la que tuve que despedirme de él y apagar, por ese día, la música.

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