OBJETO N.° 2
Lugar de encuentro: Rudower Straße, Berlín, Alemania
Bolsa plástica de cierre adornada con varias picas en una de sus caras. Su contenido es blancuzco y cristalino. Lo más probable: una sustancia psicoactiva ilícita. La identificación visual no es concluyente.
Llevaba tiempo queriendo encontrármela y, cuando por fin doy con ella, no sé dónde guardarla ni adónde llevarla. La vi en el suelo del paradero, cubierta de tierra, la agarré con un papel higiénico lleno de mocos y me la llevé al bolsillo trasero del pantalón. En casa, la examiné con un par de guantes y un tapabocas. Porque si no es lo que yo creo que es, y es otra cosa —una joda nociva, peligrosa, un residuo de un arma biológica, un polvo que perdió su gloria, ¡el ántrax de los gringos!— y yo voy y la toco o un granulo llega a mi nariz, y me intoxico por andar recogiendo basura en la calle, por andar güevoneando, y algo me da, y me muero… No.
La observé con la atención con la que el niño mira las piedras y los palos y las hormigas, y tanto pregunté al experto, y tanto pensé, viéndola nomás, qué ya no sé ni lo que es. Ahí está, sin nombre ni denominación, envuelta en tres bolsas plásticas para que nadie la toque ni la huela, para que nadie se la huela. Claro: podría ser cualquier cosa, ¿pero si no? Despegar y planear. Por ahora, una gran certeza: lo que sea que sea, lo he tenido bien cerquita casi toda mi adultez, y nunca me aventuré. Nunca me monté en ella y por eso no habré llegado a rematar, y por eso también se me habrá ninguneado o se me habrá mirado de soslayo con desdén. Perencejo podrá decir que fui un cobarde, y también: de pelado creía tener un carácter obsesivo, la personalidad típica de aquel que cae, y recae, y no regresa…, como Aníbal.
Aníbal era un muchacho que vivía en las calles de Cedritos: un pobre mortal que cayó, regresó, emprendió y luego, tras una serie de idas y venidas, desapareció sin seña ni rastro. Al tipo lo conocimos por mi madre, de eso serán más de veinte años. Ella, más que una monjita consagrada y de oficio —como lo es ahora—, era, allá en los dos mil, una devota seguidora del santo Judas Tadeo, patrono de las causas imposibles y desesperadas. Cada día mi madre trataba de socorrer con el diezmo y el ejemplo: entonces hablaba con ladrones, con jíbaros, con maleantes, con adictos, con gente llevada por el mismísimo putas, por la mortal miseria, y les ofrecía como bien podía la palabra sagrada, una merienda y uno que otro consejo.
La verdad no recuerdo cómo se conocieron, ni cómo lo conocí yo. Quizá mi madre lo vio en la calle, lo saludó y, estando a nuestro lado, nos habrá presentado: «Mis hijos, Aníbal». El saludo y, dos cuadras después, la curiosidad. Aníbal podía ser un adicto más, pero no lo era porque era blanco, y alto, y tenía los ojos azules y el pelo castaño y ondulado. En Cedritos no se veía a gente así llevada de la mierda. Los adictos blancos, y rubios, y bonitos estaban en otros espacios: eran los actores del cine, de la televisión internacional, incluso de la nacional; eran, también, las gentes con plata que no vivían abajo de la séptima sino encima de ella, allá en las montañas, en casas y apartamentos de cientos de metros, ascensor particular y nombres armónicos y políticos.
Era blanco y, según mi madre, tenía plata, pero no en Bogotá, sino en otra parte. Creo que la familia del tipo vivía en Cali, y a Bogotá lo habían mandado para que cursara una ingeniería. Años antes de conocerlo, cuando tenía todos sus dientes, Aníbal vivía solo en un apartamento por el centro, y desde casa le mandaban el dinero necesario para que estudiara con total comodidad. Tenía también carro, y buen celular. «Imagínese el platal». Al muchacho le gustaba el trago, pero —según el cuento— las drogas no las había probado. En Bogotá conoció a una pelada y con ella tanteó el maridaje. Aníbal se enganchó más que su pareja y la cuerda se terminó rompiendo. Solo y desbocado, hizo de las suyas. Pedía y se le mandaba, pedía y despilfarraba; así se sopló el dinero de numerosos arriendos, el carro, el celular y la matrícula de un par de semestres.
Pasó lo que suele ocurrir en estos casos: la madre tuvo el presentimiento y voló a la capital. El estado de adicción fue notorio y, desde Bogotá, se lo llevaron para La Habana. En Cuba estuvo unos cuantos meses y luego, muerto y resucitado, regresó a Colombia. En Cali se le llenó la tripa y prontamente regresó a Bogotá. Por supuesto, por su historial y sus antecedentes, no se le consintió una estadía en solitario. La única familiar que tenía era una hermana de su padre, y fue ella quien lo recibió en Cedritos. Allá empezó a vivir Aníbal y no tardó un año en caer. La tía, atenta a la conducta de su sobrino, notificó a su hermano y a su cuñada de una posible recaída, pero el adicto —o quizá la droga misma— sabe manipular: sabe qué decir y qué hacer para no solo dominar sino también para voltear el cartón y poner las cartas a su favor.
Una, dos y en la siguiente Aníbal se estaba volando del apartamento de la tía con las joyas, un par de electrodomésticos y unos míseros ahorros. Se le comenzó a ver por la calle en harapos y cada vez con menos dientes; a veces golpeado, a veces arrestado; a veces ido, otras veces cuerdo. El derrumbe de Aníbal fue el primero que presencié. Su cuerpo y su espíritu cayeron y yo atendí la destrucción: observé la reducción gradual de sus grasas y sus carnes, y así también la pronunciación de los huesos en la piel; noté la caída progresiva de sus dientes, el súbito naufragio de las cuencas y las grandes úlceras en su rostro; advertí la alteración paulatina de sus manos, el encorvamiento de los dedos y la rotura constante de las uñas; atestigüé sus estados alterados: la disociación, la psicosis, la violencia; me conmoví con los ruegos, las amnesias, los agradecimientos. Todo esto lo vi y lo sumé al paisaje social de mi tiempo.
¿Pequé por omisión?, ¿miré con placer? ¿Fallé yo?, ¿algo podía hacer? ¿Fracasó la comunidad? Cierto es que muchas personas trataron de auxiliar a Aníbal. Los grupos de oración se unían y le daban ropas y comida que él, desesperado, terminaba vendiendo. La familia rogó auxilio a la iglesia y ella se hizo cargo de su siervo: lo llevó a un centro de acogida, empezó un nuevo tratamiento y, tras su salida, le dio un oficio remunerado únicamente con alimentos. Por un año o más, Aníbal alcanzó una breve estabilidad. Durante esa temporada se creyó en la conversión de su alma y en su reintegración a la vida social; incluso se le dieron nuevas responsabilidades, obligaciones que el hombre cumplía a cabalidad. Tan lejos fue la fe y tan sólida la promesa que el párroco pidió dinero para montarle un negocio: una pequeña tienda ambulante en la que Aníbal vendía mango rayado con sal y limón.
Habrá sido la plata o quién sabe… Aníbal se perdió un día, volvió, se desapareció una semana, volvió. Las excusas regresaron y el precedente remató la época de seguridad y confianza: el negocio fue decomisado y Aníbal, como se preveía, se lanzó al precipicio esta vez con más velocidad: la decadencia fue rauda y patente. Un día se le vio lanzándose a los carros, al otro insultando a personajes imaginarios y al siguiente tirando piedras al vacío. Ese fue su fin: sus últimos días en las calles de Cedritos. Alguna cosa se dijo después, puros rumores: que el centro, que Cali, que Venezuela. Ninguna certeza.
Como Aníbal, millones. Novedades, ninguna. Monaguillos no somos, tú y yo seguiremos haciendo de las nuestras. No nos ha tocado, solo lo hemos visto. El infierno está allá afuera, en Bogotá o en Berlín, y los pobres condenados arañan paredes mientras se queman por dentro, de numerosas formas y maneras. Alguna vez mi madre nos contó que una señora de la iglesia, al terminar una misa, se le acercó a hablarle como quien da una terrible noticia. «He visto a tus hijos tratar con Aníbal, el drogadicto», le dijo la viejita. «Sí —contestó ella—, es nuestro amigo».