Mijo

Durante el primer año de vida de mi hijo escribí Mijo, un libro en el que hablo —ante todo— de la paternidad: de ser padre en Berlín y de haber sido hijo en Bogotá. 

Cuento e indago: ¿qué tanto incide el país en el que se reside?, ¿qué tanto el dinero?, ¿qué tanto la pareja? ¿Cuánto del pasado?, ¿del padre del ahora padre? ¿Y si hay orfandad? ¿Cuánto incide el afuera? ¿En qué momento inicia el adentro? ¿Cuándo se edifica el hogar?

Mijo da paso a pequeñas y largas historias presentes y pasadas, reflexiones y desfogues a través de múltiples temas, climas y ánimos. Podría decirse que todo puede influir en la filiación como en la paternidad. Quizá… Sin embargo, hay algo que, al finalizar el libro, me interesa más: ¿se pueden romper los ciclos?

A continuación algunos capítulos, y una serie fotográfica realizada durante la escritura de esta novela.

III. Camandulero

La madre de Cecilia le ha traído de Colombia un pequeño San Pancracio. En uno de los alféizares de nuestro cuarto el santo tiene su altar. Lo acompañan dos velas, un billete de cinco euros —que el santo pisa con sus sandalias griegas— y dos torres de monedas: hay dólares, libras, pesetas, marcos y pesos. Cecilia me dice que no importa si la moneda ha perdido su valor, si ha caducado, lo importante es que el santo sepa que se le requiere, que hay necesidad. Junto a la ventana, junto al alféizar, está la cómoda de Ismael. Cuando lo cambio, dejo —con una vaga intención— el pañal sucio al lado del altar. Cochino dinero.

Te lo dije antes, te lo repito ahora: Cecilia que nunca ha creído en nada, ahora cree en todo. Tan fuerte es su fe que, hace unos días se molestó conmigo por haber usado los cinco euros de San Pancracio. Yo por supuesto devolví la plata tras las compras, pero según Cecilia, conforme a las normas sacras e incuestionables de la caridad, el dinero no se debe mover ni tocar para que llegue. Es ese el agüero, la creencia, el credo: dejar el oro quieto para que caiga a las manos del bracero. Y yo hago caso, ¿qué le vamos a hacer? Voy de aquí para allá con mi rabo de paja: a fuerza, he comenzado a arrodillarme en las noches. Nada pierdo con llamar insistentemente a Dios para ver si se acuerda de su ingrato siervo… Y quizá me tiene en cuenta, pero a medias, poniendo a prueba mi integridad.

Hace poco volví a encontrarme dinero: cuarenta y cinco euros. No te miento, cuarenta y cinco euros, contantes y sonantes, en el parqueadero de un mercado. Había salido con Ismael a comprar unos pañales y, de regreso, vi tres billetes sueltos y desamparados al pie de un carro. Recogí la plata, me la guardé en el bolsillo del pantalón y… dudé de la suerte: esa presa parecía refundida y no abandonada. Decidí esperar, a unos metros de distancia, a que el presunto propietario regresara: quizá viéndolo con atención sabría si el dinero le pertenecía. Y la Providencia me desafió, porque Ismael, que estaba dormido, se despertó y empezó a llorar, y no quería calmarse, ni siquiera con el chupo que yo le ofrecía resignado. Andamos en círculos: una vuelta y otra más, una vuelta y otra más.

Un fulano flaco y ojeroso finalmente se dirigió al carro; llevaba una bolsa de pan de molde y una leche de caja. Abrió la puerta y, a mi pesar, comenzó a rebuscar dentro y fuera del mundo lo que yo tenía en mi culo. Como buen samaritano, me acerqué y le pregunté qué buscaba: quería observar la desdicha para luego acomodarle la alegría. Dinero, me contestó; ¿billetes o monedas?, volví a preguntar; billetes, respondió fastidiado; ¿cuántos?, insistí; no sé, hombre, no moleste, y su brazo sacudió el aire. Saqué la plata y se la puse en la mano. Me regaló diez euros encantado: «Für das Baby», dijo.

Le conté el suceso a Cecilia mientras le daba teta al niño. Asintió un par de veces, y luego disintió con empeño. «Tienes que dejar esa maña de buscar plata en el piso, Pablo. Mira adelante». Yo le contesté lo que le he contestado siempre: «Imposible, mi amor. Es mi don». ¿Fue Elvis quien me habló de una mujer quibdoseña que tenía como principio no recoger el dinero que se le caía? Tal vez, no sé…, da igual. Cada que me encuentro dinero, pienso en ella. Siempre la imagino en un apartamento atiborrado de muebles viejos, apenas con luz, apenas con agua, apenas con viento, recostada sobre una ventana recibiendo la pesada brisa pacífica mientras el polvo, como la riqueza, se apiña por el suelo. Un jurgo de monedas y billetes regados como minas.

***

¡Ayer (domingo 20 de abril) me encontré a Alejandro por la calle! Claro que me emocioné. No sabía que estaba entre sus planes venir. La última vez que hablé con él, ponle que fue en noviembre, y desde ahí ni más. Nos saludamos con un gran abrazo, y cuando le pregunté que por qué no me había avisado de su visita, me contestó que justamente así quería encontrarme: buscándome por las calles de Berlín. Incluso a mí, ay…, incluso a mí me pareció un abuso de azúcar: todos los dientes con caries. Pero qué más da, yo lo volví a abrazar. Él estaba tan emocionado como yo por el encuentro, y repetía cada nada —liando un nuevo cigarro sin haber terminado el anterior—, que así, así, así, quería encontrarme. ¿Cómo lo vi? Bien, tras el último intento, lo sentí mejor. Tiene una nueva película entre manos. La historia no voy a contártela, para que se la escuches a él, pero el título sí te lo regalo: Tuve un chasco con la muerte, no se me acerque.

Luego, muy luego, después de contarme dos o tres accidentes ocurridos en Cartagena y en París, se fijó en el coche de Ismael, corrió la capota de repente, metió la cabeza en la cabina y salió de ella con una sonrisa. «¿Sabes para qué son buenos estos manes? Para actuar, el llanto y la risa les sale natural». Me dijo que iba a escribir una historia para el niño, y con la financiación de esa mera idea, prometió un amplio pago para Cecilia. Tú lo conoces, ¿qué puedo decirte? Después de un rato, propuso seguir la conversación en un café, pero yo ya tenía que irme, y solo al despedirnos, recordó que tenía una oferta de trabajo para mí, en un teatro, que no era mucho, en pesos, pero si hacía falta él me pagaba el resto. Quedamos en volver a vernos y en hablar. ¿Cuándo? Ni él, ni tú, ni nadie lo sabe. Llegué a casa, saludé a Cecilia, le entregué los saludos de Alejandro y de inmediato fue a prenderle las velas a San Pancracio.

***

Ismael ha comenzado a sentir un gran gusto por la vegetación: por las hojas, por los tallos, por los árboles. Se siente atraído por sus formas —grandes o pequeñas— y todas quiere tocarlas. A diario recorremos un parque próximo, y su balbuceo y su mirada me indican lo que quiere detallar, lo que quiere palpar después de que yo lo haya hecho. Ya reconozco los momentos del día en que quiere salir y ver esta ciudad, a veces tan sucia, pero frondosa por donde se le mire. Así pasamos parte de la mañana y de la tarde: recorriendo parques hasta que el sueño lo vence, a veces en mis brazos, casi siempre en su coche.

A todo lado vamos con el coche. Es un objeto tremendamente útil, para el niño y para nosotros. Pareciera que en él, en sus cuatro pequeñas ruedas, pudiéramos llevar todo nuestro mundo. A veces lo veo como uno de esos vagones mineros (lleno de carbón, de oro, de coltán) que dos obreros empujan despacio, muy despacio para que no se caiga ni una sola roca por los extensos rieles de la mina. Es nuestra herramienta de trabajo diaria, y le tengo gran cariño, casi el mismo que le puede tener mi hijo. Y muchas familias se apegan a su coche. Nada más mira cuánta gente los convierte con los años en apéndices familiares: ya sea una tienda ambulante en Colombia, o una carretilla que transporta botellas reciclables en Alemania.

Posdata: Ismael ya no me mira a los ojos cuando caga, solo necesita estar en la posición adecuada para evacuar.

XIII. Las nuevas vidas

Numerosas y variadas son nuestras quejas sobre Alemania; sin embargo, otras tantas virtudes valoramos, de lo contrario no viviríamos en este país: no le ofreceríamos esta tierra a nuestro hijo, aguantando los obstáculos diarios, para que siente sus raíces —si su deseo, en el futuro, es ese—. Del estado de bienestar te he hablado ya, del milagro alemán abunda el material, pero hay algo imprescindible que hoy quiero abordar: la austeridad, la cultura austera de este país —o quizá de esta histórica ciudad—; una virtud que no solo se entrevera con la capacidad de ahorrar, sino también con la posibilidad de desempeñar el plan, la acción o la actividad por cuenta propia sin gasto adicional.

Desde mucho antes de llegar a este país, en Bogotá, Cecilia reconoció en mí aquella condición, y una y otra vez aludió a ella comparándome con su padrastro, hombre berlinés arquetípico. Acá un dibujo de él. Peter es un señor de setenta y tantos años, pensionado mas no inhabilitado, que defiende su estricta rutina diaria y se mantiene fuerte y lúcido gracias a sus ejercicios diarios: de seis a siete nada, sin importar el clima o la estación, y para toda diligencia cotidiana, usa su bicicleta: una vieja Peugeot, hallada en Berlín del este —previa caída del muro—, que ha restaurado por décadas y lo acompañará hasta el día de su muerte. El tipo no gasta un euro… quizá, lo único, sea la cerveza, que ha tratado de fabricar, mas siempre ha sido superior el gasto que el provecho. Tan tieso y obstinado es el viejo que, este año construyó con sus propias manos, y con material desechado, un pequeño invernadero en su modesta finca de descanso; de allá sacan lo que comen —él y Teresa, mi suegra—. ¿Y antes, cómo hacían, Pablo? Nuestro Herzog esperaba el cierre de los mercados ambulantes berlineses y compraba a huevo lo que se iba quedando. Dos o tres mudas de ropa usa a lo largo del año, y una camisa colombiana, que le regaló la madre de Cecilia por sus sesenta años, es su prenda predilecta. De este Berliner, nada más y nada menos, te hablo.

En ese tiempo —en el periodo primario de enamoramiento—, brotaba la comparación por mi continua necesidad de extinción, por mi exigencia insensata de darle un uso integral a los objetos, de asegurar el fin postrero de su vida útil. Los hijos de la guerra, así se refería Cecilia a mí y a don Peter. Sin embargo, llamaba la atención a las distancias: cuenta Cecilia que tan terrible y severa era su miseria en el Berlín de los cincuenta, que Peter había tenido que dormir parte de su infancia en la tapa de una maleta, en la otra dormía su hermano. El tipo había probado el hambre y la pobreza, y tal era su estrechez, que, para darte un ejemplo cándido, cuando los niños visitaban a algún amigo con unos cuantos centavos de más en su refugio, le pedían un trago de aceite de hígado de bacalao con azúcar, para así recordar el olvidado sabor del dulce. Así pues, había una explicación para el comportamiento de su padrastro, pero, ¿para el mío? Cecilia se reía y, desde aquellos años, me habló de la cultura alemana, de sus cualidades y sus gentes, se idealizaron las imágenes y se acrecentó el interés por una ciudad que jamás había pisado y conocía superficialmente a través de libros y películas.

Muchas de esas construcciones mentales han caído, pero muchas otras se preservan, ya no como imágenes, sino como realidades que vivo, de las que hago parte y a las que me acoplo cuando se me antoja. Acá he dado rienda suelta a mi austeridad, y a las innumerables posibilidades que ofrece esta ciudad de hacer, reparar o ejecutar con las herramientas que están al alcance de la mano. Este recuento, quizá, tú ya lo conozcas, me lo hayas escuchado una y mil veces o lo domines por los comentarios de alguna amistad que haya vivido conmigo. Uno vuelve toda la vida a los mismos asuntos: son esos fantasmas los que nos persiguen y acompañan hasta el fin de los días. Sin embargo, pocas veces hacemos el ejercicio de observar su parto, su origen velado.

Yo creo que mi conducta es el resultado de una sustanciosa mezcolanza: la estrechez de la infancia, la herencia genética materna y mi propia personalidad. Empezando por esta última, debo entregarme a la ignorancia. No tengo idea de la razón sicológica, pero hay algo que puedo lanzarte sin tapujos: acabar, usar y sentir el fin, me satisface enormemente: me digo a mí mismo, triunfante, que ha valido cada pluma, que se pagó entera la manzana, que no hubo desperdicio en el cuaderno. Siento que se cumple un ciclo, que se cierra el círculo, que las piezas encajan. Y este placer, sé que mi madre también lo experimenta, no con todo, pues ella, por ejemplo, aparta la ropa ante el más mínimo daño; pero otro es el destino de, pongamos el caso, una crema de dientes. Hay un gesto suyo que comunica de manera concreta esto de lo que te hablo, es una imagen que emerge súbitamente: la expresión de su rostro al presionar el tubo para expulsar la porción última del producto y, al lograrlo, sonreír con gran dicha. Esto lo hace ella hoy, y lo seguirá haciendo mañana por el mero gusto, y no por la necesidad de antaño. Creo que, de esa etapa de mi vida, poco he hablado: por momentos, también a mí se me esconde y se esfuma en el gran archivo de recuerdos… Además, poco me interesa internarme y regodearme en la escasez pasada: esas penas le pertenecen a mi madre y a mi padre, no a mí. Pero sigamos el camino que ya llegaremos al fin.

Fue una temporada de dos o tres años, en la que mi padre y mi madre estaban sin empleo, los tres ya habíamos nacido y en casa todo se racionaba, todo se limitaba, cada mínimo gasto sumaba y las monedas ahorradas podían ser sostén diario. Nosotros funcionábamos como grupo, como unidad, y todo aquello que se compraba o se conquistaba para mi hermano mayor, debía legarse: la ropa, los libros, los útiles escolares. Una herencia —y un cuidado— continuo. Sin embargo, del ahorro también surgía la inversión: lo que hoy podía costar un poco más, pero después de meses o años de uso, podía ser ganancia. De esto hay numerosos ejemplos, pero en este mensaje, nos ocuparemos de solo uno: la máquina de cortar el pelo. Hemos atravesado todas estas trochas y todas estas vidas, para llegar acá: la bendita máquina para cortar el pelo que compró mi padre cuando no teníamos en qué caernos muertos. Era una Oster, vinotinto, y estuvo en casa por más de quince años. Ahora que la recuerdo, no sé cuándo ni cómo ni dónde debió morir. Quizá simplemente se dejó de usar y nadie la quiso preservar: mi madre la habrá regalado, pues quién querría sus dientes untados de hiel y miel.

Cuando mi padre conectaba la máquina al interruptor del baño y ubicaba el banco, no nos dejaba vernos en el espejo, para que no jodiéramos. Rápidamente nos iba llamando y nos tusaba en cuestión de minutos. Él no era hombre delicado y sus maneras eran bruscas, así que, ¿qué se podía esperar de nuestro corte? Nos pasaba el nivel dos y tres por los costados, y el cuarto y cinco por el frente. Listo, decía él contento, viendo en nuestras cabezas los pesos ahorrados. Nosotros, con el tiempo, le agarramos un rencor inmenso a sus peluqueadas, no solo por el tosco trato… Éramos el hazmerreír familiar, parecía que, cada dos meses, se nos preparara para entrar al ejército, éramos los reclutas de mi padre, los soldados de su batallón. Tras el periodo de angostura, mi padre insistía en volver a sentarnos en su estación de corte, pero los años habían pasado y alguna maña habíamos aprendido para esquivar sus arbitrarios afanes.

Yo he seguido parte del ejemplo, y ayer —brindando a la historia un nuevo matiz— rapé por primera vez a Ismael. Ubicamos su silla en el balcón, lo acomodamos en ella, le llevamos un sonajero y Cecilia lo distrajo mientras yo le pasaba mi máquina por su pequeña cabeza. Llanto hubo al primer contacto, y la madre tuvo que levantar y abrazar al niño en dos ocasiones para concluir, después de media hora, la labor. Los pequeños mechones de mi hijo cayeron con sus lágrimas, y fueron descubriendo la mancha que lleva en su nuca; una mancha que tuvo mi padre, que tienen mis hermanos y que también llevo yo en mi cuello. Todo esto ocurrió, sin saberlo, el último día del verano: el último día en que se calentó la ciudad. Cambia el ánimo y cambian las dinámicas, e Ismael, que ya gatea, se sienta y recorre todos los rincones de la casa con su cabeza pelada, su balbuceo y su continuo «ma-ma».

XVI. Un mal suelto

Mediodía. Cecilia duerme y el niño la acompaña; enfermó: los últimos tres días ha vaciado por completo sus intestinos. No le queda nada en la panza. Come poco, y, cuando se sienta en la mesa y prueba bocado, se levanta al instante. Le pesa el malestar: está inapetente, decaída, disgustada. Ismael, por fortuna, está intacto. El virus, la intoxicación o lo que sea que esté revolcando el estómago de Cecilia, no ha llegado a él.

Al salir del baño, Cecilia llora: quiere cuidar al niño con vitalidad y no quiere cargarme a mí con el hogar; Cecilia llora porque no quiere lamentarse más, quiere estar bien de inmediato, pero nada parece aliviarla. Yo aprieto el culo: las tripas se me están retorciendo.

Viene un médico a revisarla: sí, en efecto es un virus. ¿La recomendación? Esperar, terminar de sacar el mal del cuerpo. Para el dolor, ibuprofeno. (Hay escenas que se repiten sin distinción de tiempo ni lugar). Antes de irse, el doctor le recomienda vomitar si viene la arcada, dejar salir e impulsar la salida. Cecilia cierra la puerta y cita a su madre —con el mismo tono y la misma intención—: «Estos alemanes son unos salvajes». Yo le recuerdo que su hijo, nuestro hijo, es uno de ellos.

A lo largo del día comemos un caldo con verduras y tofu que he preparado en la mañana. A Cecilia se lo sirvo en un pocillo, para que parezca poco, pero dos o tres porciones llenan el estómago de cualquiera. Así no quiera, Cecilia debe comer, de lo contrario, la gastritis la derrumba con el primer ardor. Yo también me tomo un par de tazas, por prevención. Tengo que estar bien alimentado, si no, quién cuida del niño, quién de Cecilia, quién se hace cargo del hogar, quién limpia, quién cocina. La suegra está de vacaciones en Turquía.

Ismael, además, es un niño inquieto —todos lo son, pero quizá él…—. Ha empezado a levantarse y a sostenerse de pie empleando lo que encuentra a su paso; cuando se yergue, sonríe con picardía. No ha terminado de gatear y ya quiere caminar. Recomiendan un largo gateo para un desarrollo completo de la motricidad. No puedo tumbarlo cada que se levanta, así que lo agarro de las manos y le ayudo a dar dos, tres, cuatro pasos; luego lo dejo en el piso para que continúe con sus pruebas, y él vuelve a sujetar el cajón, la cuna, la cómoda, se levanta y nos mira. «Viene de ti», dice Cecilia que está acostada en el suelo de la habitación, «la energía y la provocación».

Creemos que atraviesa un nuevo brote de crecimiento, pero su peso no aumenta. Nada de qué preocuparse, ha dicho el pediatra, pero si no aumenta, tampoco puede disminuir. «¿Cómo va a subir de peso si se mueve más que una serpiente?», susurra Cecilia y arruga la frente por el dolor, de golpe se levanta y corre al baño. Tras la visita, me dice, sobándose la panza, que deberíamos salir a caminar: un poco de aire y movimiento servirán.

Los árboles han comenzado a deshojarse y los senderos de los parques son arroyos de hojas amarillas, ocres y naranjas; es domingo: los conserjes alemanes descansan. Hace frío, uno que desaparece con facilidad al abrigarse. Si hubiese sol y viviéramos a un kilómetro del mar, sería una ciudad ideal… No lo es, no lo será, poco interesa. Mañana, pasado, la semana siguiente, los árboles enseñarán sus esqueletos y su desnudez anunciará el invierno. Así de rápido y así de bello es el otoño. De octubre a diciembre son tres días. El año se acaba, vendrá el siguiente y luego el verso de Gardel, su volver, que veinte años no es nada. El otoño genera en mí esta cursilería odiosa, esta nostalgia dulzona.

Entramos a casa e Ismael empieza a bostezar, a fregarse los ojos y a agarrarse con fuerza la orejas, queriendo arrancárselas; es hora de dormir. Últimamente soy yo el que me encargo de esa labor: lo llevo a nuestra cama, lo acuesto y le digo que no vamos a dormir, que simplemente vamos a descansar y a mirar el cielo; y eso hacemos por un par de minutos. Luego lo giro, y, de lado, nos vemos: o yo lo miro y él me examina; a veces me agarra los labios o atrapa con sus dedos la cadena que me regaló mi madre, y la va estirando y estirando hasta encontrar el dije, que se lleva a la boca: chupa por largo rato el Cristo y la Basílica de Montmartre; diez segundos, veinte, medio minuto, se lo saco de las manos, lo guardo y empiezo a consentirle la nariz, la cabeza y la espalda.

El tiempo que le toma cerrar los ojos siempre varía —nunca es fácil ni rápido: a veces hay quejas, casi siempre resistencia—, pero cuando lo hace, a mí me dan ganas de dormir a su lado, a mí, que tanto me cuestan las siestas por la tristeza con la que despierto, por el cansancio que le robo a la noche, por la culpa de no estar activo, a mí, me dan ganas de quedarme a su lado y dormir sujetando su mano, y encontrármelo entre sueños, como sucede en las noches, cuando los dos nos despertamos, y nos vemos, e Ismael me agarra la cara, o el bigote, quizá reconociéndome, diferenciándome, y si hambre no tiene, me suelta y vuelve a cerrar los ojos.

Pero hoy, ni aun queriéndolo puedo tomar una siesta, Cecilia debe descansar, así que la llamo desde la puerta y le digo que se acueste con el niño: «te está esperando».

XXII. Fiebre

La tarjeta de crédito se ha vencido. Poco queda en la cuenta alemana, en la colombiana aún menos. Un mar de obligaciones se aproximan. No sé si alcance a pagar de la a a la z. Quizá me coma la mitad de las letras. Esta bendita plata. Esta maldita plata. Me tiene harto, quebrado, roto. Cochina plata dueña de la dicha, el tiempo y el espacio. Ama y patrona: explota y aprovecha; presta y cobra al triple la usurera. Yo me le acerco obediente y manso, con la mirada clavada en el suelo y le pido tiempo a solas con mi hijo. Ella, berraca, me da un juetazo, una palmada y me lo niega. Entonces debo mirarlo a él, mientras la infeliz se me aparece en el revés de los ojos entre números y líneas, entre cuentas, negocios y préstamos. Plata amarga y vil. Verduga. De a día de por medio me corta un pedazo de lengua para que no hable con nadie, para que no le cante al niño. Así me quiere la señora: sin dignidad ni respeto, aislado y callado. Ahí se le ve esa jeta podrida, con esos dientes descompuestos, lista para prenderse de mí. Esta inmunda doña plata es eterna y vasta. Principio y fin. Esta asquerosa caudilla todo lo empuerca y daña. Ya me jodió los ojos y los oídos. Va por mis piernas, encadenadas a los tobillos. La distinguida plata me ha confinado para que piense solo en mí y no en el otro. La señora reina quiere que me enemiste, quiere que levante muros y me distancie. Eso quiere ella, que vea en mi prójimo una cuenta y una moneda. Esta hedionda mandamás pudre el alimento y daña el almuerzo: a su lado, todo sabe a viejo, todo sabe rancio, todo sabe a miao. Escandalosa plata estridente que calla todo para que solo suene ella: su berrido enmudece el sonido de los árboles, las voces vecinas, las palabras de Cecilia. Su queja lastimera acalla la música y el ruido de la vida. Esta doctora plata nauseabunda que me deforma el rostro dejándome una permanente mueca de asco. Repugnante y caprichosa déspota. Siempre llega cuando se le da la gana. Llega y se va, llega y no dura, llega y se esfuma. Podrida e ilustre plata que enturbia el aire: todo lo somete, todo lo domina. El bellaco y el valiente se inclinan, y besan sus retorcidas pezuñas. Todo el que la necesita, se arrodilla. Háblame de aquel que no la precise. El hedonista, el pacifista, el apático, el blandengue, el comunista y el fascista. Maldita plata presente en todas las tierras: en la ciudad y en el pantano, en el desierto y en el campo. Sanguijuela, camaleón, rémora, parásito. Homicida, bellaca, tramposa y traidora. Omnipresente. Su excelencia es árbol y ganado, luz y arena, ancho y largo. Exquisita plata invisible, intangible, vaporosa. Sublime plata plástica, gaseosa, corpórea y líquida. Todo y nada, mi selecta superiora. Lepra, arpía, corrupta, cancerosa y pervertida. ¡Ay! ¡¡¡Ay!!! ¡Pero si a mí me sobrara! ¡Si yo la tuviera debajo del colchón! ¡Si se estuviera pudriendo en mi granero! ¡Si la tuviera guardada y calentita en el banco! Ay, si yo la tuviera para hacer con ella lo que quisiera, otro sería el tono y el discurso: la lengua estaría endulzada, y de mí saldrían las más tiernas frases, y los más hermosos proverbios. Y de mí podrían esperar las más nobles acciones y el más honorable de los comportamientos. Algo dice Elvis de un cantante cubano: «Para que abunde la bondad en el corazón del hombre, un poco de prosperidad debe de haber en su camino», y yo no estoy viendo ni la fortuna ni el éxito en mi sendero. Tengo sueño, ya ni sueños, solo sueño, y las imágenes que se repiten con violencia durante la vigilia son escenas idénticas en las que corro como una rata en la misma rueda, y el conflicto una, y otra, y otra vez es el mismo: algún asunto en el que siendo solo un crío fallo y pierdo.